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La Energía de los Esclavos

 
En la primera mitad del siglo XVI, Europa vio prosperar estados poderosos y cortes prestigiadas. La España de Carlos V extraía su poderío de sus posesiones coloniales en América. El tiempo de los grandes viajeros estaba caducado. Aventureros codiciosos iban a buscar fortuna al Nuevo Mundo. Los estados de Europa aumentaban su patrimonio con el pillaje de los países conquistados y masacraban a las poblaciones rebeldes, a veces hasta el total exterminio, como sucedió en las Antillas.
La mano de obra se hizo escasa, poniendo en peligro el comercio entre los dos continentes. En 1510, Bartolomé de las Casas, hijo de un compañero de Cristóbal Colón, ingresó a una orden religiosa, e hizo voto de consagrar su vida a la defensa de los indios oprimidos por los conquistadores y los mercaderes españoles. Propuso, para aliviar su suerte, reemplazarlos por africanos en el cumplimiento de las tareas más rudas, como el trabajo en las minas y el desbroce de los terrenos.

 Al fin del primer cuarto del siglo, la esclavitud quedó organizada; los franceses, los holandeses, los ingleses, imitaron el ejemplo de los españoles y de los portugueses, y la introdujeron
en sus colonias. Durante casi tres siglos, la trata de esclavos negros figuró entre las realidades y necesidades de la economía coloniaL

Ciertas informaciones nos ayudan a captar la enormidad de estas deportaciones. El tratado de Utrecht, por ejemplo, firmado entre España e Inglaterra en 1713, concedió a esta última y a la compañía que la representaba, el derecho de introducir esclavos en las diversas posesiones españolas en América, a razón de 4.800 por año durante 30 años consecutivos. Los historiadores actuales cuentan por decenas de millones los seres que fueron así apiñados en las bodegas infectas de los barcos negreros.

Hasta el siglo XIX, los navíos demoraban varias semanas en atravesar el océano. Los veleros dedicados a la trata de esclavos eran viejos, sucios y lentos. Quedaban a veces detenidos durante días enteros en la calma intensa de los mares tropicales, o soportaban tempestades al aproximarse a las costas americanas. Encadenados en los pañoles fétidos, los esclavos sufrían el calor, la sed y el hambre, muriendo en proporciones horrorosas. Vendidos en su tierras, por sus propios compatriotas, sin esperanza de retorno, ignorantes de la suerte que los esperaba, no traían del Africa más que sus recuerdos y sus cantos. Y para vivificar esos recuerdos, para apaciguar el espíritu de aquellos que morían y se pudrían a su lado, para darse a ellos mismos la fuerza de no morir, cantaban.

No sabemos cuáles eran esos cantos africanos que navegaban sobre los mares en tanto que en la corte de España resonaban las obras de Cristóbal Morales o de Tomás Luis de Victoria. Pero, justo retorno de los hechos, estos últimos sólo los conocemos por haber sido exhumados de las bibliotecas por los musicólogos; en cambio, los cantos de los esclavos han sido metamorfoseados en el curso del tiempo para engendrar una música siempre viviente, siempre renovada. Desde el comienzo, es otra manera de vivir la música que los esclavos negros aportaron con ellos a la tierra americana: ellos cantaban en el trabajo, en
la mina o en los campos, y ritmaban su esfuerzo sobre el suelo del Nuevo Mundo por la pulsación milenaria del corazón del Africa. Cantaban a la naturaleza, al Mississippi como antes al Niger o al Congo; expresaban el amor, el deseo, el sufrimiento y la alegría por medio de la música. Salidos de lejanas salmodias rituales, los blues y la primera música americana iban a desplegarse a escala continental.

Permaneciendo idéntico a sí mismo en su ritmo y su estructura, el blues se encarna diversamente en Texas, en Alabama, en Luisiana y en las ciudades del norte como Chicago. Música originalmente negra, ha sabido imponerse a los músicos blancos por su potencia expresiva y su línea de protesta poética y social.



Salido del blues y como él de esencia negro-americana, el jazz es sin duda la primera música popular en conocer un éxito planetario. Nacido sobre los botes ribereños, en las calles y los prostíbulos del Sur, música de fiesta y de embriaguez, el jazz es portador de la aspiración secular a una libertad por fin entrevista, a una legalidad siempre por conquistar. Lleva en él la energía de los esclavos. Mezzrow escribe:

"Las quejas de su pueblo, su manera de traducir en lamentaciones y en gemidos su miseria cuando la nostalgia los dominaba, o estallar bruscamente de alegría, eso, los músicos lo tenían en la piel, en los huesos, entonces ensayaban reproducir en sus instrumentos estos sonidos profundamente humanos y emocionantes." Y continúa:

"Ellos apenas si se habían ejercitado según los métodos clásicos europeos, no habían aprendido a extraer de sus instrumentos un sonido puro y perfecto. Sus instrumentos de viento se expresaban de la manera que les era más natural: gruñían, refunfuñaban, sollozaban y reían, tal como la voz humana, los hombres hablaban al soplar su instrumento. Extraían sonidos que los músicos clásicos estimaban imposibles de obtener, porque era su alma la que se expresaba, sincera e íntegra."

En 1923, se imprimen discos de Luis Armstrong, King Oliver, y bien pronto Duke Ellington. El alma enérgica y sensible del jazz sacude al mundo entero. Los músicos europeos con Stravinski a la cabeza, celebran su riqueza y extraen de ahí ritmos nuevos. En cuanto a la música clásica americana, ella no encuentra su verdadera identidad hasta Gerschwin, quien reconocía al jazz como su raíz fundamental.

Esta otra manera de vivir la música estalla también sobre el escenario. En oposición a los músicos clásicos, enfundados en su frac y celebrando para un público entendido los ritos invariables de un romanticismo de conservatorio, los jazzistas aparecían en un desorden risueño improvisando libremente y saliendo bien de su intento. Pues, no sólo el jazz no es estático, sino que no podría existir fuera de la embriaguez y la exaltación espontánea del cuerpo y del alma. Los hippies no inventaron gran cosa, ni siquiera la marihuana. Ya hacia el fin de los años 20, Armstrong había sido condenado por ella. Y un miembro de la orquesta de Bechet nos confiaba un día: "Los jazzistas desde siempre han fumado la hierba. En los años cincuenta, la importaban de Europa por valijas enteras. A los aduaneros ignorantes, ellos declaraban que se trataba de hierbas aromáticas para cocinar." Después de la segunda guerra, el jazz de New Orleans animaba en París los trances nocturnos de toda una generación y llegó a ser el símbolo de la revolución de los jóvenes contra los antiguos valores heredados del burgués siglo XIX.

Durante ese tiempo, en Estados Unidos, la metamorfosis proseguía, el canto secular de los negros termina por fecundar a la sociedad americana. Inspirándose en blues urbanos de los cuales amplifica eléctricamente las sonoridades brumosas, tomando del jazz la sección rítmica y el empleo de solos alternados con estribillos implacables, el rock explota como una burbuja maloliente en la nariz de los W. A. S. P. (protestantes blancos de origen anglo-sajón). Su inspiración es la revuelta de los adolescentes americanos blancos, su rechazo a dejarse recuperar por una civilización que, en el delirio tecnológico de
los años cincuenta, se cree la mejor del mundo; su aspiración a un modo de vida basado sobre otra cosa que no sea la competencia material; su afirmación del goce inmediato frente a una moral pudibunda e hipócrita.

Pero el escándalo mayor del rock, esa música de salvajes, es que sea practicada mayoritariamente por blancos. El ghetto negro del jazz se había extendido, como hoy día Harlem mordisquea a Manhattan; tiene sus visitantes, sus desertores, sus ejecutantes y sus grandes jefes, pero permanece como ghetto. El rock trasciende la segregación, hace crujir los encuadres y reenvía al Tío Sam la imagen lúcida y cruel de los hijos que él ha engendrado.

Según Jean-Michel Varenne:

“Imagen espejo donde se reflejan los fantasmas nacidos del desempleo, del espectáculo de la calle y de los films baratos, Aparición de bandas motorizadas, fugaces relaciones después de las juergas en terrenos baldíos. Ideología nebulosa de odio a los policías y a los ricos, sobre todo afirmación de sí, de una diferencia fundamental: quererse perdedor es al mismo tiempo ganar la libertad", tomar una distancia, en el espacio y en el tiempo. Es en la cavidad de esta ola que aparecen los pioneros del rock, sus artificios y sus debilidades. Rechazos cierto, pero nada es propuesto sino una continua provocación. En el espíritu de los adultos, el rock es inseparable de los vagos, de la delincuencia juvenil. El rock causa temor, pero esa es la imagen que se ha querido dar... cadenas de bicicleta cuidadosamente pulidas... insignias nazis... cuero negro... vueltas y giros el sábado por la noche en motos a gran velocidad... grescas sangrantes en los bailes... Herederos de James Dean, los rockeros cavan la fosa entre las generaciones. Fascinación por la velocidad, amor loco por las carrocerías rutilantes y complicadas sobre las cuales el sol produce resplandores iridiscentes... Los héroes exhiben sobre los muros de sus habitaciones posters de máquinas soberbias, superpotentes".

"Luz escurriéndose bajo párpados entornados, grupos de blusones negros sentados quebrando botellas en el borde de la acera, rostros húmedos de sudor apiñándose en torno a la capota de un Ford desvencijado dentro del cual no cesa de aullar alguna pequeña camarera de bar."

Elvis llega a ser un gordo cantante riquísimo y azucarado. La mayoría de los otros se aparta del rock, la madres de familia respiran, la estructura social ha ganado. Algunos años más tarde, en Liverpool, los Beatles...

Desde hace treinta años, no se cesa de profetizar las muerte del rock, de enterrarlo con toda la pompa periodística, de asistir boquiabierto a su resurrección. El sale cada vez transfigurado del infierno donde se le había precipitado, habiendo integrado, o reintegrado, las dimensiones que al comienzo le faltaron, la poesía, la espiritualidad. Se encuentran hoy día rockeros en París, en Nueva York, en Londres y Tokio, en Berlín y Varsovia, en Budapest y Moscú. Vector de aspiraciones contemporáneas, el rock ha sabido alcanzar la universalidad más allá de las culturas, las opciones políticas y las infranqueables cortinas de hierro. Espejo de aumento de nuestra civilización y testigo imparcial de su decadencia, él simboliza y vivifica en otros lugares el deseo irreprimible de la dicha y la libertad.

El mundo vibra con la energía de los esclavos apiñados en las bodegas infectas, vendidos, envilecidos, tratados como bestias. Del Africa ellos no traían más que el espíritu, este espíritu que hoy día nos pena y, como el pájaro Rock, extiende siempre más lejos su sombra ardiente y gigantesca.

Dominique Dussaussoy


Traducido y extractado por Carmen Bustos de
Question de, Nº 54
Editions Retz
París.

 

 
 

 

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Última modificación: 03 de junio de 2009