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La Música como Terapia

(parte 2)

 
 

La práctica de la musicoterapia:

La música ha llegado a ser una terapia auxiliar y un remedio más o menos conocido. Médicos, psicólogos, educadores y músicos empiezan a interesarse en este tema. Algunos de ellos han realizado investigaciones acuciosas, especialmente en los Estados Unidos. Allí la musicoterapia es una profesión reconocida.

 
   

Puesto que la música afecta a todo el organismo humano, puede ser valiosa en el tratamiento de una invalidez física, ya se deba esta a poliomielitis, parálisis cerebral, distrofia muscular progresiva, enfermedades respiratorias o, también, a algunas minusvalías sensoriales como ceguera y sordera. Todo esto produce una falta de contactos físicos con el medio, o una ineptitud de movimientos más o menos graves que perturban la vida del paciente de varias maneras y en diversos grados. Los minusválidos que no son curables deben arrastrar durante toda su existencia una invalidez que los disminuye psicológicamente. A menudo necesitan ser ayudados para adoptar una actitud menos depresiva frente a su incapacidad. Algunos pueden ser pesimistas, otros rebeldes, unos se resignan, otros tratan de negar su adversidad. Junto con las terapias físicas, es indispensable dar el necesario apoyo psicológico para intentar superar la disminución de la autoestima que siempre acompaña a estas incapacidades.

Muchas enfermedades o lesiones físicas producen parálisis parciales o deficiencias en el control de la motricidad y de la apreciación espacial. Oír o ejecutar música puede ser un estímulo regulador de movimientos puesto que el ritmo provoca reflejos físicos espontáneos. El paciente que padece una coordinación muscular defectuosa y una falta de ritmo físico puede ser ayudado por el dinamismo de la música, que busca o recrea en él un sentido de ritmo ordenado que le posibilita controlar los movimientos
y aun la palabra.

La técnica de instrumentos que son golpeados -como el tambor o la batería- o sacudidos -como la pandereta y las castañuelas- puede ayudar a dirigir un movimiento en el espacio y el tiempo. El contacto manual que produce un efecto perceptual concreto con el instrumento es terapéutico en grado sumo. El proceso debe producir en el paciente las sensaciones de tensión y relajación alternadas necesarias para comenzar y completar el movimiento. Además, el paciente puede irse formando la imagen previa del movimiento que producirá el sonido que él espera oír.

La práctica en ciertos instrumentos ayuda a desarrollar músculos específicos. Así, el piano ofrece excelentes oportunidades para la flexión de los dedos, la extensión y abducción de la muñeca, la flexión y abducción de los hombros y ejercita el cuello y la espina dorsal. El violín y el violoncelo desarrollan la flexibilidad de los dedos de la mano izquierda, la flexión y extensión del codo derecho y de la muñeca, y la abducción y aducción del hombro.

La música se ha mostrado muy efectiva en el caso de pacientes con lesiones cerebrales que produzcan disminución en su coordinación motora, como síntomas espásticos, rigidez, ataxia, temblor de las extremidades superiores, trastornos de la palabras y defectos auditivos y visuales. Aun en enfermedades como la distrofia muscular progresiva, la ejecución de instrumentos musicales simples puede contrarrestar la atrofia por falta de ejercicio y retardar el progreso de la parálisis, esto agregado al efecto psicológico que produce en el paciente el sentirse capaz de desempeñar alguna función por sí mismo.  

El canto ha sido siempre reconocido como beneficioso en ciertas funciones fisiológicas - tales como respirar - y un remedio en el caso de sus perturbaciones. En investigaciones sobre niños retrasados, se ha observado que muchos de estos niños padecen afecciones catarrales y adenoides que perturban su respiración y el sentido del oído. La salud general mejora como resultado de un adiestramiento sistemático de la respiración profunda y el dominio de la respiración requerida por el canto.

El apoyo que la música da a los ejercicios físicos es un hecho de todos conocido. Ella permite que aun los pacientes con menos aptitudes físicas se desempeñen mejor y durante más tiempo, sin cansarse. El ritmo musical estimula la acción corporal y alivia la fatiga física. Aun cuando este tipo de música sea insignificante desde el punto de vista de la estética musical, tiene una forma, una continuidad armónica y melódica temporal, elementos que le asignan cierto sentido a los movimientos repetidos e inexpresivos. Este efecto es observable cuando acompaña la repetición de ciertos sonidos que de otra manera podrían parecer estáticos y producir aburrimiento, fatiga o desatención. Los sonidos verbales parecen moverse con la música sobre una secuencia de acordes que se desenvuelve musicalmente hacia una conclusión lógica. Se aplica especialmente en tratamientos de foniatría.

Cuando se trata de pacientes incurables que padecen desajustes emocionales o sociales, la música puede desempeñar un valor de compensación, que no afectará la invalidez en sí misma; pero que les ofrecerá otras posibilidades de nutrir su autoestima. A nivel estrictamente sensorial el uso de la música puede ayudar al ciego a desarrollar la percepción auditiva y enseñarle a confiar en su capacidad de oír secuencias de sonidos. Además, el empleo de la música en su adiestramiento físico, colabora en el desarrollo del sentido espacial de que carece.

Para los sordos, la música puede ser físicamente terapéutica, pues corrige ciertos efectos fisiológicos debido a esa discapacidad. El niño sordo carece de ritmo corporal, porque éste se desarrolla por el oído.
Los niños normales asimilan los ritmos naturalmente a través de los diversos sonidos que se producen a su alrededor desde que nacen. Instintivamente los oye como esquemas rítmicos a los cuales su cuerpo responde y aplica a todos los movimientos físicos, incluso a los relacionados con el habla. El niño sordo, por no tener consciencia de un ritmo físico interior, puede caminar o hablar de un modo caótico.

Parece absurdo enseñar música a los sordos, pero en este caso el aprendizaje se reduce a formas simples de vibraciones rítmicas. El niño las percibe por canales nerviosos diferentes de los auditivos: por su piel y su sistema óseo. Le pueden llegar las vibraciones musicales a través del piso de madera sobre el que baila, del parche del tambor que golpea, del costado de un piano sobre el que se apoya mientras alguien lo toca, o colocando los dedos sobre la caja de un violín o guitarra que está sonando. De esa manera logra percibir las vibraciones, sentir y memorizar sus esquemas rítmicos, y luego puede aplicarlos en su habla lo mismo que en sus movimientos físicos, aun en el baile.

Las nuevas técnicas sobre dinámica de grupo:

Ellas abren un amplio espacio a la aplicación de la musicoterapia. Se ofrece una oportunidad de desarrollar relaciones personales en grupos formados por pacientes de diversos tipos de enfermedades; pero que tienen un factor en común: la soledad y el desajuste social. Cualquiera que sea la naturaleza de la enfermedad, ésta aisla al paciente y a la vez amenaza su identidad, sobre todo cuando está hospitalizado.
El grupo musical le da la posibilidad de afirmar su autoestima y de sentirse parte de un grupo en el que es aceptado. El practicar - y aun escuchar - música en grupo crea un sentimiento de pertenencia y de solidaridad. Las relaciones entre las personas pueden ser corregidas, suavizadas y conducidas por canales de buena voluntad y cooperación. Las perturbaciones emocionales que desvían la personalidad inhabilitan el poder conectarse con el medio y establecer relaciones humanas armoniosas. Un grupo musical orientado terapéuticamente puede ayudar al paciente a comunicarse con las personas e integrarse a un equipo con el que experimenta un sentimiento de participación que le hace superar su aislamiento.

La musicoterapia brinda medios simples de proseguir el desarrollo gradual cuando es necesario, tanto en niños como en adultos. Un individuo puede estar preparado musicalmente para cantar o tocar instrumentos; pero no estar preparado psicológicamente para hacerlo en grupos. El musicoterapeuta debe trabajar con él individualmente y ayudarlo a afirmarse con la música en una relación individual, hasta que esté preparado para actuar en un grupo pequeño de oyentes o ejecutantes. El proceso es factible en hospitales que mantienen grupos musicales con fines terapéuticos, como ocurre en Estados Unidos.

Todos los terapeutas a cargo de grupos musicales están de acuerdo en que ayudan a satisfacer cierto número de necesidades sociales a los pacientes: les brinda la oportunidad de mostrar libertad de expresión, libera ciertas energías, ayuda a corregir o desarrollar algunas actitudes. El grupo musical es una situación protegida de la cual pueden surgir directores, se pide asumir responsabilidades, se les permite tomar decisiones en relación a ellos mismos y al grupo. Esto último es importante porque el paciente - por su situación de tal - se ha habituado a que otros tomen decisiones por él. Especialmente, los que están hospitalizados esperan que sean los demás los que asuman responsabilidades a su respecto. Esta sobreprotección hace que les parezca más difícil y amenazante el retorno a las responsabilidades después de ser dado de alta.

En una sesión musical es necesario tomar algunas decisiones, pues ningún grupo puede funcionar a menos que esté organizado y tenga dirección. En un grupo que hace música, cada miembro desempeña una parte y responde por ella. El musicoterapeuta debe alentar dentro de lo posible la participación plena de cada integrante, según su capacidad musical y social. En algunos hospitales o escuelas especiales, los pacientes dan conciertos a un auditorio invitado, generalmente parientes y amigos. Así el grupo puede comportarse como lo haría un grupo de aficionados normal en una situación como esa: nerviosidad en la escena, complacencia, ansiedad, el placer de actuar, la emoción de vivir un momento esperado después del esfuerzo desplegado en los ensayos, etc.

La tolerancia musical y social es la clave de esta relación interpersonal con fines terapéuticos. El buen comportamiento musical refleja las actitudes de casi todos los pacientes hacia ellos mismos y hacia los otros. Esta actitud quizás revele también necesidades insatisfechas de las cuales quizás la persona no es consciente: el retraído, el retrógrado, el perfeccionista, el fatuo o el egocéntrico reaccionan de diferente manera en una situación de grupo. Aunque el grupo musical es en esencia un grupo tolerante que se propone disfrutar, resistirá cualquier comportamiento indeseable que pueda perjudicar su funcionamiento y no tolerará elementos disolventes. Esto produce un efecto educador entre los miembros del grupo: se conforman a las reglas porque quieren ser aceptados.

La motivación de pertenecer a un grupo musical es fundamentalmente emocional. El musicoterapeuta procura que su grupo atraiga a diferentes tipos de pacientes. La mayor parte de ellos deseará reunirse por la música misma, la cual les proporciona placer y descanso. Otros lo harán por razones sociales, para sentirse pertenecientes a algo o para ser útiles de alguna manera que los haga merecer el reconocimiento de los demás. Cualquiera que sea la motivación, un musicoterapeuta experto procurará que cada cual obtenga beneficios del grupo.

Ya sea en un hospital, en un club o en una escuela para discapacitados, el grupo musical cumple una función importante en la institución. Ejerce una influencia en la comunidad, produciendo una impresión de placer real compartido por muchas personas.
Juliette Alvin

Extractado por Ester Silva de
Juliette Alvin.- Musicoterapia.- Paidós
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