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El Soplo y el Espejo

 
Un disco cruje, como una piedra en el silencio mineral de antes de la creación. De súbito, un soplo, una nota de flauta que se expande, que se extiende hasta saturar el espacio, que se estira y crea el tiempo, que penetra en el cuerpo a la manera de un barreno. La música, aún si no se hace más que escucharla, lleva en ella al momento de su aparición esta potencia creadora. Actuando sobre nuestro cuerpo y nuestro espíritu, por su sonido, su ritmo, su melodía, su armonía, ella nos transforma y nos vuelve a crear, modifica nuestra visión del mundo y nuestra relación con él. En todo tiempo, los pensadores y los hombres políticos, han constatado este poder que encierra la música; los unos han intentado explicarlo, como Pitágoras, los otros han ensayado apoderarse de él y ponerlo al servicio de su causa, como los teóricos del realismo musical
en la Unión Soviética.
En tiempos más lejanos todavía, antes de la aparición de todo lenguaje escrito, sin duda aún antes de la aparición del concepto y de la idea, los chamanes golpeaban candenciosamente el gran tambor, provocando el trance o la curación. La música, al ser originalmente religiosa, tenía por finalidad religar el sujeto a las fuerzas que lo rodeaban y abrirle el acceso a mundos invisibles.


En la prehistoria, aún la más alejada de nuestra época, nunca en ninguna cultura se debilitó esta fe en el poder de la música. Los chamanes siberianos golpeaban el tambor y los indios americanos entonaban sus cantos del peyotl. Por todas partes, se hacía música. Para elevar el alma, exaltar las pasiones, mecer, encantar, marchar, danzar, trabajar, soñar. Y cada cual captaba intuitivamente que ese poder musical es el más grande que existe, el poder mismo del verbo: el poder de crear.

 
El dial del receptor F. M. se desliza lentamente, y van apareciendo: canciones de amor, música indú, Bach, rock, música del Maghreb, Mozart, música árabe, danzas regionales españolas, Liszt, música africana tradicional, Beethoven, bailes griegos, folklore latinoamericano. Los sonidos vienen de todos los horizontes, familiares o extranjeros, ecos instantáneos de múltiples culturas y lenguajes. Una puerta que lleva a la torre de Babel; todas las civilizaciones y todas las lenguas se codean, a la vez muy diferentes y por fuerza muy próximas. La música se revela como un espejo que refleja cantos y aspiraciones específicas de cada uno, espejo de nuestro mundo contemporáneo, sacudido por el progreso de las comunicaciones, donde las ideas, las artes, los valores se confunden y mezclan.

La edición musical ha llegado a ser una industria pesada: inversiones enormes y cifras de venta astronómicas. Este desarrollo ha originado la utilización del marketing y la generalización del sistema-estrella. Este aspecto económico de la vida musical modela directamente nuestro universo sonoro. La práctica de la insistencia radiofónica condiciona al auditor y lo transforma en un consumidor de música. Las técnicas publicitarias se han adueñado del asunto y venden la música como cualquier otro producto.
Se innova exhumando obras de compositores olvidados, se cuida más que nunca la imagen de las estrellas de rock. Debido a que la música ha estado siempre determinada por una necesidad social, vivimos hoy día con la coexistencia de las músicas más diversas en el seno de nuestro mundo, un fenómeno social sin precedentes.

 
Música-poder o música-espejo, la palabra viene del griego "muse"; esta musa en su origen significaba "que da sentido", o "que quiere decir". En la palabra "música", se expresa que lo musical es un atributo fundamental del ser humano, que todo hombre por naturaleza fabrica en sí mismo la música y que por otra parte es fecundado - sin hacer nada para ello - por la música que le es extranjera. Toda música encuentra su origen en el humano primitivo; si fuera de otra manera, se explicaría difícilmente que ella actuara sobre los lactantes y que los idiotas la practiquen.

"Que quiere entonces decir esta música cuyo fundamento es otra cosa que la razón y donde la fuerza venida del inconsciente actúa sobre el inconsciente? ¿Cual es esa fuerza y cómo actúa? " (G. Groddeck).

"La música de una época de orden es calma y serena y su gobierno equilibrado. La música de una época inquieta es excitada e iracunda y su gobierno va de través." (Lu Bou We.)
 

Dominique Dussaussoy




Traducido y extractado por Carmen Bustos de
Question de, Nº 54
Editions Retz
París